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jueves, 25 de febrero de 2010

Ciarán Hinds: Un César convincente


Ciarán Hinds ha personificado la figura del divino Julio como pocos actores en la Historia del cine; encarna magnificamente la dignidad de un personaje que, no sólo fue un gran estratega, cuyas tácticas se siguen estudiando en la Escuela del Ejército inglés, un gran escritor, un hombre de carisma, lo que le atrajo los odios de sus oponentes políticos y un hombre adelantado a su tiempo que supo ver la necesidad de extender la ciudadanía a todos los habitantes del imperio romano, que ya no podía ser controlado por una élite de la urbs, lo que le supuso la muerte. Que las cosas son así lo prueba el hecho de que, ante la sorpresa de los conjurados por la "libertad" y la "república", su asesinato no fue bien recibido por la plebe romana.

No debemos pasar por alto que la democracia romana no era representativa, como ahora, y que el Senado no era elegido por sufragio universal; el lema de Roma señalaba con claridad quien detentaba el poder en el Estado: El Senado y el Pueblo (reunido en asamblea) romano. La República murió definitivamente con él, y lo que le sucedió fue el huevo de la serpiente, la génesis de uno de los poderes más absolutos que ha conocido la humanidad: el imperio romano. Aquí se empezaron a sentar las bases de la desintegración del mundo clásico y su transición hacia el feudalismo (Kovaliov).






No hace falta recordar, porque ya están en este blog, las palabras que Mommsem dedicó a este ilustre personaje, que en análisis muy reduccionistas se tacha de dictador. ¿Qué era pues Pompeyo? ¿Y Cicerón ? ¿Y el conjunto de los Optimates? ¿Defensores de la cosa pública o de sus intereses particulares?

Es cierto que en el año 46 a.C., dos años antes de morir asesinado, el Senado de la República acordó que Julio César recibiera honores extraordinarios. Se decretó que fuera llamada Libertador y que se construyera un Templo de la Libertad en su honor. Según Simon Baker era responsable de miles de muertos en la guerra civil, se había convertido en un autócrata y estaba a punto de ser venerado como un Dios. No sé si se le puede hacer responsable, con los documentos existentes de ser el responsable de la guerra civil o todo lo contrario; como el mismo autor afirma un poco más adelante lo que sucedió es que chocaron frontalmente dos concepciones de la libertad: la de la minoría aristocrática y la del pueblo y resolver esta cuestión llevó a un sangriento enfrentamiento entre hermanos. Hoy, que no se acepta la existencia de una minoría con privilegios, aunque exista de facto, se estaría más cerca de la concepción de los populares que de la de los optimates, especialmente en un momento histórico en que unos y otros aceptaban la existencia de la esclavitud, en la que, por otra parte, se podía caer por deudas. Es decir pasabas de la categoría de ser humano a la de instrumento parlante.

Continúa Simón Baker diciendo que se siguieron celebrando elecciones, pero que no eran libres, sino que el dictador influía en ellas y tenía el voto definitivo. Pero ¿acaso olvida los asesinatos de los Hermanos Graco, simplemente por defender la reforma agraria? ¿Y a Saturnino o Clodio, tribunos de la plebe, muertos a manos de sicarios de los optimates? ¿ Y el asesinato, sin juicio de los supuestos conjurados con Catilina? El propio Cicerón fue a casa de Lentulo y lo acompañó personalmente al patíbulo, para cerciorarse de su muerte. La muerte de César fue un episodio más de una forma de hacer política.

Las cosas no son tan simples. ¿Qué hubiera pasado si César no hubiera sido asesinado? Eso nunca lo sabremos, pero sí sabemos que tras su muerte no sólo no fue restaurada la República, sino que el propio Calígula, según afirma Suetonio, hizo cónsul (máxima magistratura del estado) a su caballo Incitato y obligó a los dignos senadores a rendirle pleitesía. ¿ Se puede concebir mayor degradación en menos de un siglo? . Hay que tener siempre presente que lo que le hacen a uno sólo pueden acabar haciéndonoslo a todos; tiempos brillantes eran aquellos en que César debatía con Cicerón y Catón, aunque en la calle las cosas eran bien distintas.


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